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Nueva riqueza minera: datos, modelos e inteligencia artificial
Por Arturo Covarrubias Vargas y Mariano Wood
América Latina ya no solo extrae minerales. Sus faenas producen datos industriales capaces de entrenar, validar y perfeccionar los sistemas de IA que definirán la minería global.

La mina como laboratorio de IA
América Latina ha sido históricamente leída como una región extractiva. Chile y Perú desde el cobre; Brasil desde el hierro; Argentina desde el litio; Colombia desde el carbón, el oro y otros recursos. Y ahora, la minería latinoamericana también produce una cantidad inmensa de datos industriales que pueden entrenar, validar y perfeccionar sistemas globales de inteligencia artificial.
Durante décadas, el derecho minero regional giró en torno a un conjunto reconocible de problemas: titularidad de concesiones, permisos ambientales, servidumbres, contratos de operación, inversión extranjera, royalties y distribución de renta. Esto seguirá siendo central, pero la digitalización agrega una capa distinta: la informacional. En una faena moderna, el valor está también en los datos que describen cómo se explora, se extrae, se procesa, se transporta y se optimiza el mineral.
Cada sensor instalado en una perforadora, cada imagen satelital usada para delimitar un yacimiento, cada telemetría de un camión autónomo y cada parámetro calibrado en un molino genera información que puede alimentar modelos predictivos. Esa información no es un residuo operativo: es un activo estratégico. Y la pregunta jurídica de fondo —que muchos contratos todavía no responden con suficiente precisión— es quién puede aprender de ella y con qué límites.
La inteligencia artificial minera no se parece demasiado a la inteligencia artificial de consumo masivo. No es, principalmente, un asistente conversacional ni un generador de textos. Es una infraestructura tecnológica que conecta sensores, imágenes, información geológica, modelos predictivos, gemelos digitales, automatización, mantenimiento, seguridad operacional y decisiones de proceso.
En ese contexto, el software pasa a ser una cadena completa: sensor, dato, modelo, predicción, decisión operacional y aprendizaje del sistema. Cada eslabón tiene un régimen jurídico distinto, y la suma de todos ellos es lo que genera el valor.
Las aplicaciones más relevantes ya no son marginales: optimización de trituración, flotación y molinos; mantenimiento predictivo de activos críticos; operación remota y automatización de flotas; gemelos digitales para simular y ajustar parámetros en tiempo real; visión computacional y drones para seguridad, inspección y monitoreo ambiental; caracterización de mineral en tiempo real; geofísica satelital e inteligencia artificial para exploración de minerales críticos.
Chile ofrece ejemplos especialmente visibles. BHP ha informado el uso de inteligencia artificial generativa y gemelos digitales en operaciones como Escondida para apoyar estrategias de tronadura, mezcla de mineral e implementación de control predictivo en molinos SAG. Codelco, por su parte, suscribió un acuerdo con Microsoft para evaluar iniciativas de inteligencia artificial, analítica avanzada, automatización, sistemas autónomos y seguridad digital. Estos casos muestran que la región no es únicamente consumidora de tecnología: sus operaciones son espacios donde esa tecnología se prueba bajo condiciones reales de alta complejidad geológica, técnica, operacional y regulatoria.
El fenómeno también está siendo impulsado por Startups y proveedores especializados que transforman modelos de negocio precisamente sobre la conversión de datos mineros en decisiones. MineSense combina hardware, software y algoritmos propietarios para caracterizar mineral en tiempo real. Plotlogic utiliza sensores e inteligencia artificial para entregar información geológica y de materiales en plazos operacionales. Fleet Space aplica tecnologías satelitales, geofísica e IA para exploración. KoBold Metals ha construido una tesis de exploración basada en grandes volúmenes de información geológica y modelos predictivos para minerales críticos. En todos estos casos, la ventaja competitiva no se explica por un algoritmo aislado, sino por la integración entre sensores, datos, modelos, know-how y despliegue en faena.
La gran pregunta: quién captura el aprendizaje.
La consecuencia jurídica es evidente: cuando una minera contrata software, plataformas SaaS, sensores, cloud, gemelos digitales o soluciones de inteligencia artificial, no solo compra una herramienta. En los hechos, puede estar habilitando que un tercero acceda a datos operacionales críticos. La pregunta contractual relevante es qué puede hacer ese proveedor con esa información.
Lo relevante, a nuestro parecer, es distinguir niveles de uso. Un primer nivel es usar los datos para prestar el servicio contratado. Un segundo nivel es usar esos datos para mejorar el propio modelo del proveedor, incluyendo reentrenamiento o ajuste con información de la faena. Un tercer nivel es agregar datos de distintas operaciones para generar benchmarks, modelos genéricos o conocimiento sectorial. Un cuarto nivel, todavía más sensible, es usar datos o aprendizajes derivados de una operación para desarrollar o mejorar soluciones que luego se ofrecerán a terceros, incluido competidores.
En la práctica, muchos contratos industriales todavía no separan con claridad estos escenarios. Tampoco resuelven siempre quién es titular de las mejoras del modelo generadas durante la operación, qué ocurre con los aprendizajes al término del contrato, si el proveedor puede anonimizar o agregar información para reutilizarla libremente, ni qué derechos de auditoría tiene la minera sobre decisiones automatizadas que afectan su producción, seguridad o cumplimiento ambiental.
Las disputas más relevantes de los próximos años probablemente no provendrán de copias literales de código fuente, sino de la apropiación de datos industriales, modelos calibrados en faena, mejoras generadas durante la operación y conocimiento técnico derivado del uso.
Patentes, secretos comerciales y contratos
La patente tiene sentido cuando existe una solución técnica concreta: un sensor instalado en una pala o correa, un método de procesamiento de señales geofísicas, un sistema de clasificación de mineral en tiempo real, una arquitectura de navegación autónoma o un mecanismo de control predictivo de proceso. Lo protegible no es el algoritmo abstracto, sino su aplicación técnica a un problema determinado y verificable en el mundo físico.
En ese sentido, el código fuente que implementa la IA no es protegible mediante una patente, sin embargo, es posible incorporar la IA dependiendo de cómo se presente la invención. En una patente, se puede contemplar la IA como parte de un dispositivo, sistema o proceso industrial en donde la IA es utilizada para operar un componente del dispositivo/sistema o ejecutar una función o acción del proceso; como parte un proceso industrial en donde la IA corresponde a una forma de implementación del mismo; y/o constituir una invención implementada por computadora cuando es posible acreditar una contribución técnica directa de la IA que permite solucionar un problema técnico.En cualquier de estos casos, es necesario explicar el aporte de la IA y su implementación específica, evitando los procesos cerrados o “cajas negras”, siendo necesario describir como se logran los resultados, los modelos/funciones utilizadas, procesos de entrenamiento o modelos de aprendizaje, adaptaciones realizadas y/o arquitectura y medios físicos requeridos para su implementación,
El derecho de autor protege otra capa: código fuente, documentación técnica, interfaces, dashboards y otros elementos expresivos del software. Su ventaja es que nace con la creación y no exige registro constitutivo. Su límite, además de la capacidad probatoria, es que no protege ideas, métodos, funcionalidades ni algoritmos subyacentes.
El secreto empresarial, en cambio, será probablemente el instrumento más estratégico para la IA minera avanzada. Los datasets de entrenamiento, parámetros de modelos, pesos calibrados, reglas operativas, umbrales de decisión, metodologías de implementación y conocimiento acumulado en faena son activos que muchas veces no conviene revelar en una patente. Pero su protección exige medidas razonables y efectivas de confidencialidad: técnicas, contractuales y organizacionales.
El contrato es la pieza que articula todo lo anterior. Debe definir titularidad de datos brutos y derivados, derechos de entrenamiento y reentrenamiento, propiedad de resultados, restricciones de uso secundario, agregación y benchmarking, derechos sobre mejoras, distinción entre propiedad intelectual previa y desarrollos nuevos, trazabilidad de decisiones automatizadas, obligaciones de ciberseguridad, portabilidad de datos, eliminación o retención al término del contrato y responsabilidad por fallas.
En la nueva “minería inteligente”, la propiedad intelectual no está en un solo registro. Está distribuida en la arquitectura del sistema.
Regulación de IA para economías mineras.
La discusión sobre regulación de inteligencia artificial en la región suele concentrarse en aplicaciones visibles para el público general: deepfakes, reconocimiento facial, sesgos en plataformas, protección de datos personales, generación de contenidos o derechos de autor. Todos esos temas importan. Sin embargo, para economías cuya columna vertebral es la industria extractiva, existe una dimensión igualmente urgente y menos atendida: la IA de aplicación industrial de alto impacto, cuyos errores pueden tener consecuencias físicas, laborales, ambientales y económicas.
Por eso, los marcos regulatorios de Chile, Perú, Brasil, Colombia y Argentina deberían observar con especial atención los sistemas de IA aplicados a infraestructura productiva crítica. No para frenar su adopción, sino para hacerla jurídicamente sostenible, exigiendo trazabilidad, supervisión humana, gestión de riesgos, documentación técnica, ciberseguridad y distribución clara de responsabilidades.
En este contexto, también debe mirarse con cuidado la minería de datos: las excepciones de text and data mining pueden favorecer la innovación, pero si se diseñan de manera imprecisa podrían facilitar la captura externa de conocimiento industrial o de activos protegidos bajo la apariencia de entrenamiento algorítmico. En una economía minera, esa discusión conecta directamente con la pregunta por quién puede extraer valor de los datos generados en el territorio en la gestión del activo clave del país.
La soberanía sobre información tecnológica.
Para las áreas legales, de innovación, tecnología y abastecimiento de empresas mineras, la agenda práctica es concreta: auditar los contratos vigentes con proveedores SaaS, cloud, sensores, plataformas de IA y sistemas de automatización; revisar si existen cláusulas específicas sobre entrenamiento, mejora de modelos, uso secundario de datos, agregación, benchmarking y restricciones de uso con competidores; y ordenar la estrategia de propiedad intelectual como un paquete integrado.
Será indispensable diferenciar contractualmente los niveles de autonomía del sistema. No es lo mismo una herramienta que recomienda, una que asiste una decisión humana y una que actúa directamente sobre la operación. Esa diferencia debe reflejarse en estándares de supervisión, trazabilidad, auditoría, responsabilidad y respuesta ante incidentes. La nueva riqueza minera no está solo en el cobre, el litio, el hierro, el oro o el carbón; está también en los datos industriales que permiten entrenar modelos, calibrar algoritmos y mejorar decisiones a escala global. América Latina tiene una oportunidad estratégica concreta: sus faenas son laboratorios únicos donde la IA industrial se prueba en condiciones reales, de máxima complejidad.
La pregunta es quién capturará el aprendizaje que genera. La soberanía tecnológica minera no se juega únicamente en propiedad estatal, concesiones o royalties. También se juega en quién aprenderá de lo que enseñan nuestras minas.